El mensaje cristiano contiene la revelación hecha por Dios a través de la Biblia y de Jesús. O sea, la verdad ya está anunciada. La filosofía, por ende, pierde el carácter de investigación ontológica y queda para la muy importante tarea de coadyuvar en la argumentación teológica oficial aprobada en los concilios de la Iglesia católica -además de los conclaves de otras iglesias cristianas- para abordar temas álgidos: enfrentar los ataques del paganismo y de otras creencias u organizaciones no religiosas e, igualmente, afrontar herejías, divisiones y otras circunstancias propias de una institución que sobrevive y perdura con el paso de los siglos, transformándose en fuente de gran poder terrenal.

La misión histórica de la Iglesia es acercar el mensaje de Jesús a los hombres, conformando una comunidad universal: el catolicismo, en la que se invita a cada hombre a vivir de acuerdo a los postulados enseñado y ejemplarizados por Cristo. Así que la filosofía cristiana tiene un sólo fin: contribuir a encontrar el mejor camino por el cual los seres humanos comprendan y hagan propia la revelación cristiana. Para nada tiene que buscar la filosofía cristiana nuevas verdades, como si ocurre con la filosofía griega; ni tampoco debe profundizar y desarrollar la verdad primitiva del cristianismo. Eso, limitadamente, les corresponde a los teólogos.  

He aquí una gran diferencia con algunas escuelas fraternales que adelantan estudios filosóficos, por ejemplo, la masonería. En los países cristianos, las logias masónicas utilizan mayoritariamente la Biblia como Volumen de la Ley Sagrada. Pero en absoluto es un libro de revelación. La Biblia contiene la verdad velada en simbolismos y alegorías, la cual se investiga utilizando como herramientas la escuadra de la razón y el compás de la comprensión, para que cada masón, en su interior, encuentre su propio camino. Por ello la masonería no es dogmática y de allí la importancia como ayuda, de la antropología filosófica masónica.    

Este tema tiene muchas aristas y lo trataremos didácticamente con el fin de estimular su investigación ya que existen un buen número de textos con visiones particulares. Veremos algunos puntos de los inicios de la era cristiana que nos ayuden a formarnos una idea de lo complejo del tema, sin entrar en tiempos posteriores, siempre en el contexto no dogmatico de este trazado. 

Las religiones se basan en creencias que no son ganancia de una investigación, pues se fundamentan en la aceptación de una revelación. Un testimonio superior manifiesta una verdad y esta es admitida con total adhesión. Cristo informa que “Aquél” le envió y ello es suficiente testimonio (Juan, VIII, 13, 16). La investigación filosófica, tan medular en la filosofía griega, queda limitada durante la existencia del mortal terrenal a conocer y reconocer el camino de la verdad cristiana, por medio del cual puede acceder a examinar y hacerla propia.  

Así que bajo la anterior premisa nace la filosofía cristiana y para cumplir con su tarea, utiliza los instrumentos aprendidos en la filosofía griega los cuales facilitan al pensador cristiano la elaboración de un discurso cuyo significado le sea fácilmente accesible al hombre de la época. Para ello se ayuda del aporte helénico el cual es especulación filosófica en pleno sincretismo con las creencias religiosas orientales. La revelación cristiana, de la mano de los instrumentos de la filosofía helenística, utilizados de la manera más amplia, llegan a las inmensas masas de habitantes del mundo occidental, primero helenizado y luego romanizado.(1)  

Cristo 

La vida de Cristo se conoce, esencialmente por medio de los Evangelios. También por los escritos de Qumrán. Estos eran una comunidad religiosa judía, que vivieron en la costa occidental del mar Negro entre el 150 a. C. y el 68 d. C., cuando el lugar fue destruido con motivo de la gran revuelta contra la dominación de Roma. Los eruditos generalmente se inclinan, ahora, a identificar la comunidad de Qumrán con los esenios. 

Excavaciones en unas cuevas hechas en la localidad de Khirbet-Qumrán, en 1947, condujeron al encuentro de manuscritos hebreos del Antiguo Testamento, libros apócrifos o deuterocanónicos, un comentario del libro de Habacuc, fragmentos de otros comentarios bíblicos y los escritos del grupo o secta de Qumrán. Estos materiales son conocidos generalmente como Los Rollos del Mar Muerto y datan de finales del siglo I d.C. 

La vida en Qumrán era conventual y mucho más estricta que la de los judíos en general. Como los cristianos y judíos, los de la comunidad hacían énfasis en aspectos escatológicos y en la venida de un Mesías. Aunque algunos han dado a entender en escritos y comentarios algún acercamiento de Jesús con este grupo, no se ha probado con testimonios fehacientes el contacto formal de Qumrán con la iglesia primitiva cristiana ni que Jesús haya tenido vínculos con ellos, como algunos han afirmado. 

Tengamos presente que los Evangelios son libros religiosos, no relatos históricos en sentido estricto, que responden a las necesidades de la iglesia cristiana del momento. Son interpretaciones de la vida de Jesús y su mensaje con fines devotos; lo que no impide su utilidad porque son pocos los testimonios que se tienen. Hay quien plantea que los Evangelios fueron burilados buscando quizás hacer de Jesús un ser menos humano y más inalcanzablemente divino.(2) 

La vida pública de Jesús se inicia con el encuentro con Juan el Bautista, quien es el fundador de una secta opuesta al judaísmo oficial que predica la purificación de los pecados ante la inminente llegada del mensajero de Dios. Jesús es bautizado por Juan y reconocido como el Mesías e inicia su predicación en Galilea. Recluta sus apóstoles y enseña mediante el empleo de parábolas y expresiones alegóricas, acompañadas de milagros. La enseñanza de Jesús cuenta con la oposición de los fariseos y los saduceos, dos de los más fuertes grupos dentro del judaísmo.  

Jesús anuncia la llegada del reino de Dios, la victoria de la soberanía divina sobre la creación y la necesaria conversión de los pecadores. Sobre la llegada del reino anunciado, los Evangelios no son claros, dando pie a una serie de especulaciones que aún perduran. Jesús nos enseña que el reino de Dios es la revelación de la conciencia de Dios, experimentada individualmente, al conocer sus misterios a través de la iniciación Crística. 

Jesús predicó utilizando parábolas. La parábola tiene por objeto deducir, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral. Bien podemos decir, esotéricamente, que busca conectar la comprensión de lo superior con el entendimiento de lo profano o inferior. Graficando, lo consideramos como un puente entre dos niveles; uno exotérico y otro esotérico; mensaje que todo el que escuchaba entendía en su trasfondo moral, pero los iniciados lo juzgaban más allá, en una comprensión de las leyes del universo y de la naturaleza. Era una época difícil donde el fanatismo y la superstición de los poderosos cobraban con la vida de los que pensaran distinto. Por ello se desarrollo este lenguaje preciso, velado en símbolos y alegorías, en cuya función se utilizaron debidamente ciertas palabras y ciertos términos en este doble y bien entendido significado por los discípulos.  

El resto de la historia es conocida. Pero antes de pasar al próximo punto, es importante poner de bulto la afirmación de Blázquez Martínez sobre que “ni Jesús ni los apóstoles instituyeron el episcopado monárquico o el sacerdocio. En la Carta de Pedro y en otros escritos se encuentra la idea del sacerdocio universal de todos los fieles. La primera mención de la ordenación de sacerdotes data de la época del escritor eclesiástico Hipólito de Roma, muerto el año 235; la Historia Augusta la menciona en relación con hechos de gobierno del emperador Alejandro Severo (222-235)” (3) 

Los Evangelios sinópticos 

Jesús es un renovador de la tradición hebraica. Los profetas anuncian un resurgimiento, teshuvá (*), del pueblo hebreo tras una sucesión de desgracias como prueba del castigo divino por haber violentado los pactos entre Dios y el pueblo elegido. Ese anuncio lo hará un Mesías favorecido directamente por Dios. Esta nueva se amplía pasando del pueblo israelita a todos los pueblos del mundo, a todos los hombres “de buena voluntad”, sin distingo de raza, cultura o posición social; destacando la premisa que es una renovación espiritual, no política ni temporal, ya que se realiza a lo interior, egoidad (**), de cada ser humano. 

“Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mateo, 22,21; Lucas, 20, 25) es un anuncio que despolitiza su mensaje. Insiste en la individualidad del reino de Dios: “no se podrá decir “aquí está o allí está”, porque, en verdad, el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lucas, 17,21). Es la edificación del templo individual, construcción de sí, porque es una vida espiritual a la que llama a desarrollar en cada ser humano y que se expande gradualmente entre todos los hombres: del templo individual al templo colectivo. 

Jesús plantea la ruptura con los lazos que atan al hombre al mundo sensible y que debe dedicarse a construir su verdad: “el que hallase su alma la perderá, y el que la perdiere por mí la encontrará” (Mateo, 10,34). Jesús actúa como el buen maestro que guía a sus practicantes bajo un mensaje de fe. El reino de los cielos es para los pobres de espíritu, para los que sufren, para los mansos, para los que necesitan justicia, para los perseguidos. Frente a la antigua ley del “ojo por ojo y diente por diente”, elogiosa de la venganza, convoca la del amor: “amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace brillar el sol sobre los malos y sobre los buenos y hace llover sobre justos e injustos. Ya que, si amáis solamente a los que os aman, ¿qué merito tenéis? ¿No hacen también esto los publicanos? Y si queréis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis extraordinario? ¿Acaso no lo hacen los paganos? Sed, pues, perfectos, como es perfecto vuestro Padre Celestial” (Mateo, 5, 44-48). 

Jesús invoca un cambio radical en la conducta de cada individuo. Va hacia eso: al individuo, no a la persona como fachada del hombre ante su prójimo; sino al individuo, como constructor de su propia existencia en función de la Gran Obra Universal, que está signada por la belleza que caracteriza la armonía y el amor. La relación entre el hombre y Dios es individual, sobre la base del amor y la virtud. “buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mateo, 6, 33). Esta averiguación, aunque individual, no es pasiva: “vigilad, nos dice Jesús, porque no sabéis qué día vuestro Señor vendrá” (Mateo, 24, 42). Transitar hacia el encuentro exige una acción coherente: “pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Lucas, 11, 9). Esa indagación activa la organizan los seguidores de Jesús, especialmente, con la iglesia que se constituye siglos después sobre la base de la interpretación de los Evangelios.  

Más allá de este mensaje exotérico, aplicando análisis esotérico, se encuentra un simbolismo cuyo significado supera el trasfondo moral y halla la explicación del porqué de la presencia y aplicación de las leyes del universo y la naturaleza. Juan nos introduce en parte del tema. 

El Evangelio de Juan 

Juan da un viraje al sentido de los Evangelios sinópticos. Juan intenta entender filosóficamente la figura de Jesús y el contenido de su enseñanza. Se inicia el trazado de la ruta que busca interpretar la presencia del Maestro en la tierra.     

Juan ve en la figura de Jesús al Logos o Verbo Divino: “en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.” (Juan, 1, 1-5). En la filosofía hebrea, en el Libros de la Sabiduría, encontramos ya la concepción del Logos, pensamiento ya trabajado por los griegos. Al Logos se le atribuye la función de mediador entre Dios y el mundo sensible, ya que todo ha sido creado por intermedio de él.  

Juan plantea el tema de la vida según la carne y la vida según el espíritu, ésta última supone una nueva vida que se inicia con un nuevo nacimiento: “en verdad, en verdad te digo, que si uno no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” (Juan, 3, 3). Este renacimiento es el nacimiento espiritual a la nueva vida: “el espíritu es lo que vivifica, la carne no vale nada; las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida.” (Juan, 6, 63). 

Esa alternativa que ofrece el Maestro Jesús a los hombres, la viabiliza la patrística de los primeros siglos y los teólogos siguientes, construyendo una institución y elaborando un cuerpo doctrinal. Igualmente es venero de tesis y planteamientos que enfocan diferentes ángulos, que traerán una rica dinámica al pensamiento cristiano en particular y al filosófico en general, acompañada en muchas ocasiones de violencia y sangre. 

Paulo de Tarso 

Pablo independiza al cristianismo de las ataduras del judaísmo. Jesús predica hacia el interior del pueblo hebreo con sentido ecuménico. Pablo lo lleva a la práctica en el mundo pagano. 

En la Carta a los Gálatas (2, 7-11) y en los Hechos de los Apóstoles (15, 28-29), se pone de bulto la pugna entre los partidarios de mantener las costumbres antiguas del judaísmo dentro del cristianismo y los que reformaban las mismas. Santiago, jefe de la Iglesia cristiana de Jerusalén, exige un mínimo de prescripciones rituales, incluso la circuncisión de los adeptos no judíos. De esta manera mantiene la unidad del mensaje de Jesús, el Mesías, con la antigua ley de Moisés, como una secta judeocristiana.   

Pablo establece, como Juan el Evangelista, dos grupos de hombres: aquellos que viven según la carne y aquellos que viven según el espíritu. Los primeros descienden de Adam, los segundo de Cristo. La antítesis del hombre que vive según la carne no es el hombre culto, formado, sino el que vive en “gracia”. Así que el hombre natural puede adquirir conocimiento por medio de los estudios, por la filosofía entre otras disciplinas; ahora bien, en absoluto es la verdadera sabiduría todo el saber material de este mundo manifestado, nada de eso es comparable con la sapiencia de Dios.  

El hombre es el templo de Dios en el que habita el espíritu del Creador (1 Cor, 3, 1). Ahora bien, el hombre espiritual nace del hombre carnal y aquí hay una clara identificación con los misterios griegos. Según éstos, los hombres primitivos no eran humanos como son reconocidos. Una deidad adelanta el proceso de evolución y por ello se celebran ceremonias en los misterios. De allí la diferencia entre iniciados y no iniciados, siendo los primeros, hombres en plena realización. Así Pablo, posiblemente amalgamando este concepto griego con el de teshuvá del Antiguo Testamento, genera este giro transformador, forjando un hombre nuevo de manera gradual, por pasos. 

Pablo habla de dos hombres que coexisten: el exterior e interior (2 Cor, 4, 16) siendo así que la carne se transforma en “templo del Espíritu Santo” (1 Cor, 6, 19). Este planteamiento mantiene vivo el recuerdo de la doctrina órfica y otras religiones antiguas, así como la teoría de Platón, del cuerpo como cárcel del alma. Pero hay que distinguir una diferencia conceptual importante: según Platón, el mal viene del cuerpo, mientras que el alma es un principio divino y por ende puro en nosotros. Para Pablo el hombre es pecador en cuerpo y alma. Ahora bien, según algunos investigadores,(4) Pablo llama hombre natural tanto al carnal como al psíquico, teniendo el cuerpo y el alma, más bien, su antítesis en el espíritu. Este tema es tratado por pensadores cristianos de la época, estableciendo, a manera de ejemplo, lo que Justino señala al cuerpo como casa del alma y ésta, del espíritu. Clemente y Orígenes distinguen tres clases de hombres: Hílicos (materia), Psíquicos (mente) y Pneumáticos (aliento). 

La visión holística de Pablo, uniendo cuerpo y alma, es la base en que se sustenta no solamente la inmortalidad del alma, sino la resurrección de la carne, lo que genera la gran diatriba con la filosofía griega clásica: para Platón el alma sólo es inmortal, mientras que en el cristianismo, el cuerpo participa en la transfiguración posterior.   

La Filosofía Cristiana, a pesar de los obstáculos que le han impuesto muchos teólogos, ha entregado frutos importantísimos a la humanidad que han permitido difundir e interiorizar una visión más humana de nuestro paso por este plano existencial. 

Glosario. 

 (*)Teshuvá.- Este es un enunciado hebreo de gran interés por su sentido de contrición y retorno. Está compuesto por la palabra shuvá, que significa arrepentimiento y la letra tav, simbolizada por la cruz que implica sufrimiento; por lo tanto, es el pesar acompañado del sufrimiento que encierra el permanente recuerdo de los errores cometidos. Pero este sufrimiento no es una tribulación o congoja, significa que el acto de regresar a la esencia, antes que encarnar un tormento, es un evento alegre porque es dejar atrás la tristeza, teniendo presente que el principio del judaísmo es alegría hecha vida. 

(**) Egoidad.-  Voz derivada de la palabra “Ego”.  Egoidad significa “individualidad”, nunca “personalidad”, y es lo contrario de “egoísmo”, el distintivo por excelencia de la personalidad.  

 

Por: Isidro Toro Pampols

 

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